Tras ser declarado como presidente
electo de Honduras la víspera de Navidad, el candidato del Partido Nacional Nasry
Asfura publicó un video en sus redes sociales con un mensaje a favor de la reconciliación
de una sociedad profundamente dividida y polarizada.
“Es tiempo de reconciliación, de
unidad y de paz. Debemos reconocernos como lo que somos, una sola familia
hondureña”, dijo Asfura, originario de Tegucigalpa.
El
candidato del Partido Nacional tendrá, sin embargo, que hacer un gran esfuerzo
para gobernar un país en el que la mitad del electorado le dio la espalda,
porque ha ganado la elección con la mínima, el 40,2% de los votos, menos de un
punto porcentual por encima de su principal contrincante, el presentador de
televisión Salvador Nasralla, del Partido Liberal.
Apoyado por el presidente estadounidense
Donald Trump, todo inició el 30 de noviembre, con las elecciones presidenciales
y un largo y desordenado escrutinio plagado de interrupciones, fallas técnicas,
miles de papeletas con inconsistencias, acusaciones de los candidatos contra
las autoridades electorales y denuncias de fraude.
Asfura
deberá, además, apartarse de la mala imagen de su agrupación política, intentando
distanciarse de ese pasado, vendiéndose como un político pragmático,
campechano, eficiente y capaz de sacar a Honduras de la profundidad de pobreza,
desigualdad y violencia que la atormenta y lanzar a la modernidad a esta nación
de once millones de habitantes. “Honduras, estoy preparado para gobernar. No te
voy a fallar”, ha prometido.
Hijo
de inmigrantes palestinos, Asfura, ha desarrollado una carrera empresarial en
el sector de la construcción. Es con ese perfil de constructor con el que
irrumpió en la política: asegura que la función pública debe ser ejercida como
la administración de una empresa y con esa idea logró ser electo como alcalde
del llamado Distrito Central —que comprende la capital, Tegucigalpa, y su
vecina Comayagüela— entre 2014 y 2022.
Durante
su mandato, Asfura desarrolló proyectos de infraestructura en una capital donde
hasta los pasos peatonales son algo exótico, amplió carreteras, construyó pasos
a desnivel y túneles para aliviar el caótico tráfico de la ciudad, mejoró el
sistema de drenajes y pavimentó, según él mismo, más de 200 kilómetros de
calles. Debido a ese perfil técnico de servidor, se ha hecho llamar “Papi a la
orden”, apodo con el que es conocido por los hondureños.
Con
ese semblante prudente, el declarado presidente electo, concibe la idea de
reconciliar a una sociedad dividida y polarizada, con un Congreso dominado por
la oposición y un país, que reclama reformas urgentes contra la corrupción, el
crimen organizado y medidas para acabar con la miseria que afecta a millones de
hondureños. Será necesario, sin duda, algo más que el llamado a la
reconciliación que hizo la víspera de Navidad.



